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De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

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De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Miér Jul 31, 2013 3:24 am

La habitación olía a alcohol caro y sexo barato mezclado con mentiras y risas sin sentido. Sentía su estomago dado vuelta y su cabeza ardía, como si los líquidos que tenían que evitar que su cerebro se estrellara contra las paredes de su cráneo se hubieran evaporado. Había escabullido sus dedos entre sus largos cabellos grises y había metido las uñas en el cuero, como si quisiera abrirse la cabeza y sacar su mente a tomar aire fresco, a vomitar, tomar café, sentirse mejor y volver a estar lista para andar de nuevo. Sentía la boca pastosa, como si hubieran tirado goma en sus fauces de lobo hambriento. Jugueteo unos momentos con su lengua, acariciando los dientes caros hechos con muchas horas de trabajo de dentista y anestesia. Lo habían hecho dormir y al despertarse tenía todos los dientes nuevos y prolijos, le costó acostumbrarse a poder masticar de nuevo con el lado izquierdo, lado en donde no le habían dejado más que encías y raíces al sol pudriéndose entre restos de dientes rotos como las ruinas de un fuerte romano en los páramos desolados de su boca.
Soltó un gemido rastrero como el último quejido de un animal muriendo en medio de la nada. Luego de una eternidad decidió levantarse de la cama. Apoyo sus pies desnudos sobre el frio concreto de la habitación y quedo allí unos momentos, desnudo, con el frio y el aroma inundando la habitación mientras seguía con el rostro hundido entre las manos que solo se sostenían firmes por estar apoyadas sobre sus rodillas. Respiraba por la boca, tenía la nariz tapada con mucosidad, al igual que todas las mañanas, siempre tenía flemas. Tomo las sabanas y se sonó la nariz dejando toda la verdocidad plasmada como una obra de arte sobre el blanco prolijo de la seda. Era un extraterrestre que se había estrellado contra la nieve y ahora se desangraba, esa era su imagen mental: E.T. explotando de cara contra la nieve de Tunguska.
Se quedo en silencio, con el rostro envuelto en sus manos mientras sentía que su pene tieso como todas las mañanas comenzaba a tomar su tamaño normal, o lo que sería el tamaño que podía considerarse normal considerando que la temperatura contaba con dos dígitos bajo cero y nadie prendía la calefacción en aquel lugar. Podría haber aterrizado en un mejor lugar, pero sabía que allí lo encontrarían, sin embargo, en medio de la nada, en un lugar donde las ratas se quejaban de la suciedad, si lo encontraban no se atreverían a meterse en mierda hasta las rodillas para meterle una bala mientras dormía. Se tambaleo entre sombras golpeando sus piernas contra todo aquello que esa habitación tenía y comenzó a preguntarse si los vecinos no habían prestado cosas para que también las chocara al caminar. Era un campo de minas anti personales cuya única función era producirle dolor en sus congelados dedos de los pies. Se pregunto si se habría roto alguno, pero sabía que solo era ese dolor que se magnifica cuando tienes frio, ese dolor que, como un marica, te lleva a exagerar cualquier dolor.
Estiro la mano hacia la cortina roja sangre de la ventana y la corrió: Era pesada, oscura e impenetrable como la entrepierna de una monja. Le daba un aire de rojo comunista a las sombras que habitaban aquella habitación. Corrió la cortina y sintió como si algún dios le hubiera arrojado un rayo vengativo a los ojos perforándolo hasta el cerebro.  Se llevo las manos al rostro como si el fuego divino hubiera caído en su mirada y soltó un quejido de dolor mientras deseaba arrancarse los ojos con los dedos para acallar el dolor.
- ¡Malditos japos y su sol naciente! – Rugió como un animal mientras acariciaba sus ojos con las palmas de sus manos como si intentara hundirlos en su cráneo. Abrió los ojos y comenzó a ver pequeñas estrellas escapándose por la periferia de su mirada, apenas podía enfrentar la mirada acusadora del sol pero, aun así, sabía que necesitaba sus ojos para ver y se resigno a afrontar su situación. Abrió la ventana y dejo que el helado invierno siberiano le hiciera helar su hombría.
- Malditos rojos y su invierno de mierda. – Se froto los brazos con fuerza y velocidad mientras buscaba, velozmente, su ropa entre los restos de una noche de juerga en el suelo. Se vistió como un rayo mientras la rubia de pechos exuberantes que había arrastrado hasta la habitación la noche anterior despertó por el frio. Comenzó a quejarse mientras Sasha terminaba de vestir un sobretodo de lana que lo hacía parecer veinte kilogramos más grande de lo que era. Debajo del tapado vestía un canguro y dos playeras mientras que en las piernas vestía unos calzones largos y un pantalón de jean gastado. Había visto que en las películas vestían a los rusos como gente muerta de frio que vestía todo lo que podía para enfrentar el frio, pero él había crecido frente a una chimenea de leña que no siempre podía dar calor, envuelto en un manto que a veces hacia la función de cama, solamente observando el fuego, alimentando su odio hacia el mundo con aquellas flamas. La gente está demasiado acostumbrada a las comodidades de la vida y por eso sufre tanto cuando se las quitan. Sasha había vivido solo con la comodidad de saber que ningún dedo se le había congelado y caído. Tenía frio, pero estaba demasiado acostumbrado a eso como para comenzar a quejarse en aquel momento. Tenía treinta y cinco años, había enterrado a una esposa entre llantos y escupitajos sanguinolentos, en una cama sucia de su habitación en Volgogrado por no tener el dinero para que un medico recordara su juramento hipocrático y la salvara. Dos hijos, uno había muerto congelado en la calle mientras volvía de la escuela, el otro había muerto con la barriga llena de hambre. Solo le había quedado una hija, pero de ella solo quedaba una carcasa vacía donde los hombres descargaban su lujuria. Ella vivía de eso, una dosis de cocaína rebajada a la vez. No había alcanzado la edad de conseguir una licencia de conducir cuando su mente ya estaba demasiado arruinada como para pensar en otra cosa que no fuera consumir su alma en las llamas de una pipa de crack. Sasha había intentado sacarla de eso, como buen padre, aun así había fracasado y perdido el interés en ella, como pésimo padre que se había vuelto. Estaba demasiados hijos muertos de distancia de ser un buen padre. Ya no le importaba.
Hundió las botas negras en la blanca nieve de la Siberia dejando detrás de sí una estela de huellas que pronto la nieve que caía como una lluvia de balas terminaría devorando con sus crueles y frías manos. Respiro por la boca y sintió el aire helado apretar con sus garras el interior de sus pulmones, se quejo y dejo que el dolor se arraigara, lo necesitaba, poco a poco aquellas frías sensaciones lo hacían alejarse del dolor de cabeza, del horrible golpe que lanzaba el sol contra sus ojos. Las ojeras color verde musgo mostraban su presencia escapando por el borde de sus gafas negras y el gorro de lana negro hacia lo que podía para no demostrar que su cabello estaba desprolijo e incontrolable. Se agacho y sintió el frio de la nieve filtrarse por los poros de sus guantes de lana negros sin dedos, tomo un puñado y se lo metió en la boca. Sintió que sus dientes se helaban hasta el cráneo, su lengua se estaba congelando tanto que la sensación se comparaba con las llamas. Apretó el hielo y lo escupió, su boca ya no se sentía tan pastosa luego de eso, aun así tardo su tiempo en alejar el intenso dolor que aquel frio le había hecho sentir en la boca.
Poco a poco estaba eliminando la resaca, solo le quedaba un último paso.
Camino hasta el Café Rojo, un lugar de reuniones envuelto en banderas color sangre con martillos y hoces por todos lados. Ultimo bastión comunista que quedaba en Rusia donde hombres viejos y barbudos hablaban de un sistema tan muerto como Stalin y de cómo los jóvenes estaban arruinándose en la Rusia liberal. Era lo más parecido que había a un Starbucks en la Rusia y las variedades eran tres: Café, café con vodka y café  en taza limpia. Y no, no se podía combinar.
- Café en taza limpia. – Le dijo a un mozo que se parecía a Marx, pero sin tanta putrefacción ni sobrepeso. Siempre creyó que, para ser una persona que creía en repartir las riquezas, había acumulado demasiada comida para él solo.
- Es raro verte de este lado del mediodía. – Soltó la voz de un hombre que años atrás le había salvado la vida de la venganza del primo mafioso de Bruce Lee.
- Me gusta innovar. – Murmuro Sasha con la voz pesada y ronca, como si alguien le hubiera pasado papel de lijar por las cuerdas vocales. Aquel bar era cerrado y hecho con cálidas maderas. Había ventanales que daban hacia el exterior, por lo que había para ver. Solo casas, arboles, casas, arboles, un camino hacia mas casas y arboles, algunos perros comiendo de la basura y muchos rusos que iban a trabajar quien sabe dónde. Sasha se había sentado en unos asientos de cuero rojo que encerraban como en un cubículo. La mesa era cuadrada, de madera pintada de blanco y con un mantel rojo con una hoz y un martillo. Era una cafetería americana de en medio de la ruta, solo que comunista e hipócrita. El hombre en frente de Sasha rodeaba los cincuenta años en apariencia y los sesenta y cinco biológicamente.  Tenía el rostro duro como solo la gente de los Urales podía tenerlo. Era bajo, corpulento como un yak y con el doble de pelaje negro. Estaba gordo y viejo y algunas canas comenzaban a despuntar como los rayos del sol al amanecer en sus sienes, pero aun así era el hombre al que le debía la vida. Lo más similar que había tenido a un padre, aun cuando los rangos decían otra cosa.
- Capitán. – Dijo el viejo mientras se sentaba frente a Sasha a modo de saludo. Su pantalón, al rozar el cuero rojo, soltó un ruido similar a una flatulencia que al hombre de cabello blanco le hizo hacer una mueca que podría llamarse sonrisa.
- Sargento. – Murmuro Sasha mientras veía por la ventana hacia el montón de nieve que formaba la Siberia. Estaban cerca de los limites con China, un pueblo que solo servía como parada de camiones, vivienda para los mineros de níquel y, cómo no, punto de trafico para las Triadas. La madre patria vendía sus bienes armamentistas a quien pagara mejor, como una puta con clase con pechos de AK 47. La cruzada por joderle la vida a los chinos había empezado con doce hombres, solo quedaban ellos dos. Y el viejo, mientras mataba chinos, había juntado suficiente dinero vendiendo lo que podía saquear de los cadáveres y los camiones robados como para comprar aquel café y dedicarse a algo más o menos honesto. La Triada los odiaba. Eran pequeñas personas que les habían generado grandes pérdidas a lo largo del tiempo, no suficientes como para que la mafia se resquebrajara por dentro y cayera a pedazos como la pintura descascarada de una pared vieja, pero si los había forzado a pagar más por seguridad, optar por rutas más largas y costosas y tener que perder muchos hombres en intentos de asesinarlos. Por cada hombre que Sasha había visto caer en su bando había visto una veintena de chinos de trajes caros morir de frio o victimas de sus hombres duros que solo se sentaban a verlos caer y, a veces, acelerar el trámite.
- Estoy demasiado viejo para seguir en esto. – Sabía que aquellas palabras iban a alcanzarlo un día. No podía huir de ellas por siempre, alguna vez el viejo las pronunciaría pero de todas formas al hombre de cabello largo la frase le llego como un puñetazo a la quijada. Apretó con fuerza los dientes y miro a los ojos de su amigo sin pronunciar palabra. Su mirada rondaba entre la dureza y la comprensión, cosa que por un momento desconcertó al viejo, quien tardo en continuar. – Y no podrás solo, la triada es fuerte y nosotros ya no tenemos apoyo de la gente de poder. Son todos mercaderes que prefieren hacer negocios a mantener el honor. Somos perros viejos de un sistema que ya no les importa mantener. Somos reliquias, Arkady. ¿Sabes que hay gente que paga fortunas por los ladrillos sanos que se pudieron rescatar del Muro? Somos pasado, leyendas perdidas, como el muro. Hablan de nosotros como hablan del Yeti o los Gladiadores de Roma. – El ruido del martillo de un arma yendo hacia atrás apago la conversación. El frio metal se mantenía firme sobre la rodilla inquieta de Sasha mientras que el rostro alegre de su amigo se llenaba de dudas, como un día soleado que de repente se nublaba de negro y gris. – Te salve la vida, Arkady. ¿Así me lo pagas? – Soltó, en un manotazo de ahogado. – No lo hagas, camarada. – Suplico.
- Eres como un padre para mi, aun así, la traición solo tiene un precio y lo conoces. “Se requiere más coraje para retroceder que para enfrentar al enemigo” dijo alguna vez el General y sabes porque, tú me lo enseñaste. – Puso mucho peso en la palabra “TU”, recriminando la traición.
- Sasha, hijo, no puedes seguir una guerra aquí. Pero… Pero… Hay un lugar donde puedes ir. Hay una rama nueva que busca gente como nosotros, un favor personal para una vieja conocida. Me preguntaron si conocía a alguien que pudiera dirigir un grupo y solo pude pensar en ti, si aceptas, llamare y tendrás tu propio terreno, tu propia guerra, tu propia gente. Necesitan alguien con experiencia, aunque los negocios no son los tuyos, aprendes rápido. Es pequeña, pero crecerá si la cuidas. Y… Hay chinos, muchos, metidos en el lugar.
El arma reposo con su martillo apagado, Sasha había oído lo que no esperaba oír, algo que hizo despertar la llama que de niño había hecho arder mientras veía su chimenea durante el invierno, ese deseo de destruir. Aquel terreno en los Urales ya no tenía jugo para exprimir. Si veían un camión con armas cada dos meses era mucho y estaba tan bien defendido que se volvía imposible de destruirlo. Pero aquella opción, aquella posibilidad que le ofrecía un viejo derrotado era su salvación.
Sonrió como un lobo que ve desde las sombras a un ciervo indefenso, momentos antes de saltar sobre él y devorarlo disfrutando el calor de su sangre en sus fauces.





Era un lugar lujoso, cargado de cosas inútiles que jamás terminaría de aprender a utilizar. Tenía controles remotos hasta para la cafetera y una televisión más larga que su última cama y más delgada que la vagina de una virgen. Su bañera tenía dieciocho estilos distintos de temperatura y doce distintos de burbujas. Incluso tenía un modo para hacer aguas danzantes y otro para encender luces de colores.
- Como si alguien pudiera querer que le lancen rayos láser al culo mientras se baña. – Murmuro la primera vez que vio todas las porquerías que habían hecho con recursos valiosos. – Estúpidos americanos y su estúpido estilo de vida. – Si hubiera tenido una granada, la hubiera arrojado sobre el baño.
Había viajado cuatro días en el Transiberiano hasta la costa del Pacifico. De allí, un barco hasta Japón, donde, luego de otros dos días de rascarse la entrepierna, emborracharse en sake y hundir el rostro en jóvenes japonesas de pechos exuberantes y peinados extraños tomo un vuelo hasta Estambul, donde consiguió un barco hasta New Haven City. Habría tardado menos si hubiera ido a Moscú, pero no quería tener que darle explicaciones a la gente de aquel lugar de por qué se iba de Rusia. Lo habían enviado a los Urales por su exceso de violencia y porque, a su pesar, se estaba volviendo en alguien a quien los nuevos querían seguir. Las nuevas generaciones más violentas y deseosas de vengarse de todo el mundo veían en él a un hombre que los escuchaba y guiaba hacia combates de los que la mitad no volvería. Pero era solo eso, un líder, un guerrero, no un hombre de negocios, si les hubiera dicho que iba a hacerse cargo de una mafia en una ciudad que crecía mas rápido que una colonia de ladillas en la entrepierna de una puta se le hubieran reído en la cara y le habrían robado el negocio. Era mejor si, por ahora, solo su antiguo mejor amigo y la mujer que reemplazaría en la organización como líder sabían de él y sus planes. También lo sabían los miembros de la mafia local a la que iba a liderar. Tenían que saberlo, de lo contrario nadie le hubiera hecho caso. No sabía cuánto tiempo iba a estar allí, pero mientras lo estuviera, tenía que liderar a esa gente como pudiera, lo mejor que pudiera.
En lo que había durado el viaje había leído todo lo que había caído en sus manos sobre la ciudad, la gente que allí clamaba su hogar, sobre las corporaciones, sobre las familias, sobre los mercenarios y la policía. También había leído informes de ganancias y pérdidas monetarias del Hotel Moscú y sabía que, aunque fuera un poco, tenía cierta base sobre la que moverse al planear un poco de expansión y ambiciones que reclamaban sangre y costarían dinero. Le habían dado un cachorro y esperaba convertirlo en un lobo feroz que ningún leñador pudiera detener cuando quisiera devorar a caperucita roja. Pero no solo eso le interesaba: Había estado leyendo expedientes sobre la gente que tenía bajo su mando, gente que trabajaba para la organización. Algunos eran demasiado básicos como para hacerse una idea de a qué clase de personas tenía a su disposición como tenientes, aun así, tenía lo que tenia y lo aprovecharía como pudiera. No tenia gente para cualquier tipo de misión, así que necesitaría elegir bien sus movimientos, como en un juego de ajedrez sobre las olas, no solo se trataba de que las jugaras fueran mejores que las del oponente, sino también tenía que tener cuidado que una gran ola no destruyera sus planes. Era una batalla de todos contra todos, solo podía ser fuerte y destruirlos uno a la vez.
- Siedfert. – Murmuro mientras ojeaba unos papeles con disgusto mientras bebía una copa de ginebra despacio, necesitaba la mente clara, pero no tanto como para no beber un poco. – Somos sus perros de ataque… Por ahora. – Había una regla dorada que no pretendía romper y era “no muerdes la mano que te alimenta”. Aun así, no pretendía rodar, dar la patita y hacerse el muertito cada vez que Siedfert lanzara un hueso. Cuando tuvieran la fuerza suficiente para lanzar esa mordida, la lanzarían, mientras tanto irían por la pelota cada vez que se la lanzaran.  – Estúpidos italianos. – Murmuro mientras cerraba la carpeta que reunía treinta hojas de información sobre la ciudad y sus organizaciones. La mitad de la información que había absorbido se le iría en menos de dos botellas de alcohol, aun así, por el momento sus prioridades se enfocaban en los Siedfert y los lugares que rodeaban Hotel Moscú. Estaban en una Isla, por lo que sabía que si lograba tomar los lugares claves de aquel lugar, ningún otro bando podría lanzar un ataque directamente al Hotel sin pasar por aquellos lugares. Además, si lograba mantener la isla bajo su control, los recursos de la organización crecerían y podría equipar mejor a su gente. Nada como un teniente contento con su propio territorio para cuidar. Si controlaba los puentes y podía defenderlos, nadie podría intentar expandir su influencia sobre el lugar más que ellos y los que ya estaban allí. Pero, para cuando entendieran lo que sucedía, ya serian demasiado fuertes.
Se estiro como un gato sobre la cama y se sentó en un sillón de cuero negro, tan largo como su televisión aunque mucho mas cómodo que sentarse sobre ella. Se sirvió otro vaso de Ginebra y lo acompaño con silencio y una última mirada a los perfiles de la gente con la que iba a trabajar.
- Una zapadora, un musculoso y dos mucamas. Me falta un perro que sepa tocar el banjo. – Apuro el vaso hasta que cruzo miradas con el fondo. Leyó una última vez los perfiles y camino hacia aquella chimenea, lo único que disfrutaba de la habitación. – ¿Cómo confiaran en un hombre que espía en sus vidas? – le confesó al fuego antes de alimentarlo con aquellos papeles.
Se arremango la camisa blanca y se sirvió otra vez ginebra. Vestía solo eso: Una camisa blanca que podía comprarse de a docena, un pantalón negro de vestir y unos zapatos que parecían caros pero no lo eran. Era un hombre sencillo de gustos, solo quería sentirse cómodo, no le importaba que le vieran vistiendo. Si quería imponer miedo o respeto, su machete seguía reposando sobre la mesa envuelto en su vieja funda de cuero gastado por los años junto a los archivos que había recolectado sobre New Haven City.
La habitación era enorme, tenía una gran sala con un enorme ventanal hacia la ciudad. Estaba en el último piso del Hotel, un piso para el que no había botones en el ascensor y solo podían llegar allí quienes supieran de su existencia apretando una secuencia de tres botones, uno después del otro. Se alzaba al menos seis pisos por encima del edificio más alto que había alrededor, lo que le ofrecía una vista de toda la ciudad, dependiendo de qué ventana se estuviera viendo. El salón principal, donde estaba Sasha, tenía un piso que servía de sala de estar con una chimenea, dos sillones de cuero negro a juego, una mesa de cristal en medio de los sillones y una televisión grande como una piscina. El piso era de madera prolijamente pulida y el techo estaba pintado a forma de mural que recordaba la batalla de Stalingrado. Había un escalón que separaba aquella sala de una cocina con las cosas más caras e inútiles que Sasha jamás había visto. Aun así, en aquella cocina se había encontrado con lo que parecía ser un suministro sin fin de alcohol que no conocía pero que se estaba tomando el trabajo de conocer con amor y profundidad. La primera vez que vio la heladera se pregunto si podría haber descuartizado un yak y meter toda su carne allí, pero se dio cuenta de que no conseguiría un yak por esos lados como para hacer la prueba.
Tomo el atizador que había junto a la chimenea y lo uso para remover los restos ardientes de los perfiles de su personal selecto hasta que no quedo nada. Quería escuchar que tenían que decir sobre sí mismos frente a él.
Bebió un poco de ginebra y se sentó en el sillón, mirando hacia la puerta. Sabía que del otro lado había dos hombres grandes como osos que le protegerían, aunque no los necesitaba, ellos se sentían contentos de ser parte del equipo. O eso quería creer. Era un sillón que podía compartir con otras tres personas sin sentirse apretados y él había elegido hundir su huesudo trasero en el medio, por lo que tuvo que pararse de nuevo para acercarse al comunicador que había en una mesita al lado del sofá.
- Por favor, gente musculosa de vellos en el pecho, hagan pasar a mis invitados. – Dijo y volvió a sentarse en el medio, bebiendo de su vaso de ginebra hasta que la gente de Hotel Moscú entrara en su… Oficina. Tenían mucho de qué hablar. Tenía que aprender a liderarlos y ellos tenían que aprender a ser liderados o aquella seria una relación poco duradera, como una noche de sexo con un precoz. Estaba allí con un poder prestado, si no construía un poder propio que lo sostuviera, su cabeza quizás tampoco se sostendría sobre sus hombros.
>> Si tan solo supieran donde estuve un mes atras. << Penso con ironia.



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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Miér Jul 31, 2013 5:26 am

Angustia. Dolor. desesperación.
Aigo despertó bañada en sudor y gritando.
Aquella noche su mente la había llevado a un desierto, y mientras paseaba las cabezas clavadas en picas con mirada perdida parecían atravesarla, buscaba algún rastro de vida, pero solo se dio cuenta de que todas esas personas las había conocido en su estancia en Rusia.
Las pesadillas de la enmascarada empeoraban cuando no tomaba las pastillas, pero a cambio gozaba de mayor libertad cuando estaba despierta. Una cosa por otra, un cambio justo.
La voces de su cabeza no eran un problema tan grave como le habían hecho ver los psiquiatras, actuaban de conciencia bastante bien salvo cuando se trataba de fuego. En ese caso alzaban tanto la voz que se refugiaba en la esquina más cercana hasta que callaban y podía empezar a quemar.
Su último objetivo había sido un bar cuyo nombre no recordaba. En su sótano el cargamento de droga que había hecho caer a tantas familias había ardido mejor que el vodka que se negaba a beber.
Y se negaba porque quería estar sobria en la runión que se aproximaba. Iban a presentarla a alguien muy importante, solo sabía eso.
Dos hombres la habían recogido, y esos mismos, sin mudar de expresión tal y como ella hacía, la habían conducido al ascensor de Hotel Moscú.
Con restos de nieve en su capa, y cáscaras de cebolla en el pelo, Aigo se aproximó a la puerta que vigilaban dos hombres aun más corpulentos. Aunque quería estar callada no pudo obviar el comentario que se le rondaba por la cabeza. Su maldita sinceridad volvía a atacar.
-Sois demasiado grandes, seguro que teneis problemas con las puertas.-la ignoraron, aunque uno soltó un gruñido- ¿He sido descortés? Perdón, no era mi intención.
Decidió morderse la lengua y esperar mientras comprobaba su aliento. Olía a su amada hortaliza, como no. Ahora que lo pensaba no se había alimentado muy bien desde su llegada, se había vuelto aun más pálida y delgada. Su color enfermizo no sería raro en su tierra, pero aquí, donde el moreno era lo normal...
Una voz que no entendió pareció dar la orden de dejarla pasar, y eso hizo.
En cuanto pasó, sin mirar nada se inclinó levemente.
-Buenos dias. -ante la inclinación su capa pareció bailar sola por un momento y dejó ver una espada y varios explosivos que se mezclaban con cebollas.
Levantó la cabeza preguntandose si seria muy grave que no pudiese sonreir, y si afectaría algo al desarrollo de esos acontecimientos.
Y se olvidó de todo. Sus problemas, sus pesadillas, su relación con el fuego y el juego, y la no tanto amigable con sus pastillas. De sus amigos, enemigos y rivales, y eso era porque...
Tiene...el pelo gris.

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Miér Jul 31, 2013 10:14 am

Ya habían pasado unas cuantas horas desde que se había marchado de la reunión, pero Kolya aún seguía dándole vueltas al tema en su cabeza. No lograba entender la razón de que fuesen los subordinados los que hubiesen tenido que cerrar la alianza.
Vamos a ver, Kolya: por qué motivo iba un capo mafioso a confiar en sus subordinados, a los que ni siquiera conoce en persona, para un trabajo tan extremadamente complejo y delicado como lo es el hacer un pacto con otra facción?
Aquí hay algo que no me acaba de encajar, pero también es cierto que hasta ahora nunca hemos tenido problemas siguiendo las órdenes de los jefes hasta ahora, y eso que han sido unos cuantos...

Agotado por el ajetreo del día, se tumbó en la cama.
Bueno, algo es algo; al menos ahora puedo...
Antes de acabar la frase, sonó el tono de llamada de su teléfono móvil.

Por el amor de Jesucristo, ¡¿qué coño pasa hoy?!
Con los nervios extremadamente crispados, dio un fuerte puñetazo al colchón de la cama, golpeando el somier con los nudillos.
¡AH! ¡Mierda ya, coño!
Abanicó la mano un poco para aliviar el ligero dolor que le había hecho el contacto con los tablones, y cuando por fin se sintió un poco más calmado, cogió el teléfono.
¿Sí?
Una voz masculina que no acababa de reconocer sonó por el altavoz del móvil.
Acude al Hotel Moscú en media hora. Un escolta te recogerá a la entrada para guiarte a tu destino.
A pesar de que no le sonaba la voz de su interlocutor, en seguida supo que eran órdenes importantes que no le convenían desobedecer.
Sin tiempo para confirmar su asistencia, la llamada acabó.
Cagoen... Yo mañana me pido uno de los días de vacaciones en el club, que esto no puede ser...

Media hora más tarde, Nikolay se encontraba a la puerta del hotel, como fue ordenado.
Allí, un hombre de mediana estatura se dirigió a él en cuanto entró en su campo de visión.
Tú debes de ser Ivanov. Sígueme; el jefe os está esperando.
Oh, bien, voy a dar palmadas de la ilusión a estas horas... Bueno, al menos veré de una vez el aspecto del jefe.
Haciendo caso a su guía, Kolya avanzó por los pasillos indicados, y llegado un punto, ambos entraron en un lujoso ascensor.
Caray, si este es uno de los motivos por los que luchamos, creo que no está nada mal... Ojalá tuviese una habitación aquí; seguro que superan con mucho a mi ratonera...
Nikolay se fijó en que su acompañante apretaba una serie de tres botones, e intentó memorizar el código para el futuro.
El ascensor cerró sus puertas, y comenzó la suave subida.
Tengo que acordarme de felicitar al que no puso música vomitiva en el aparato.

Tras unos minutos, el ascensor se detuvo; habían llegado a su destino. Las puertas se abrieron silenciosamente, dejando a la vista una lujosa habitación.
Santo cielo... Solo la alfombra vale más que toda mi casa.
¿De dónde sacará tantísimo dinero la organización? Que yo sepa, no traficamos con droga...

Procedió a salir del ascensor con un paso lento pero seguro, y tras dudar unos segundos, avanzó hacia las dos figuras allí reunidas. Una de ellas era su compañera, a la que ya había visto en la reunión de esta tarde. La otra, un hombre de su edad, de aspecto algo descuidado y con el pelo largo. No sabría adivinar cuál era la edad de este ni aunque le pagaran, como mucho podría situarlo entre los 25 y los 40 años.
Una vez estuvo a una distancia prudencial, se dirigió a este.
Supongo que usted debe de ser nuestro actual jefe.
Me llamo Nikolay Ivanov; encantado de conocerle.


Última edición por Kolya el Vie Ago 02, 2013 8:16 am, editado 2 veces

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Vie Ago 02, 2013 2:32 am



Apoyo sus manos sobre sus rodillas y se levanto, despacio, con una sonrisa alegre metida entre los labios. Camino con paso firme y decidido hacia la muchacha, se detuvo a distancia de un brazo de ella y se inclino levemente con las manos en la cintura, como si fuera una jarra. Puso su rostro apenas por encima del de ella, le llevaba menos de una cabeza a la muchacha, sin embargo se veía pequeña y frágil. Movió su rostro de un lado al otro, observándole un lado y el otro. Se irguió de nuevo, luego de aquella exploración y levanto una mano a la altura de la cabeza de la muchacha, acompañada de una sonrisa simpática y una mirada simple, la clase de mirada que lanza una madre hacia sus hijos cubiertos de barro luego de jugar, la mirada de alguien que se dedica con cuerpo y alma a darle lo mejor a esa criatura que tiene delante. Detuvo su mano cerca de la cabeza de Aigo, de manera lenta y obvia, sin jamás avanzar lejos del punto ciego de la muchacha, quería que lo viera moverse, quería que supiera que su mano estaba avanzando tan lento que ella podría detenerlo en cualquier momento si así lo deseaba.
- Tú debes ser miss Smirnov, la niña de las cebollas y las cosas que hacen boom. – Murmuro con su voz áspera y su aliento a alcohol mientras atrapaba un pedazo de cebolla del cabello de la muchacha con una mano y lo depositaba en la otra palma que hacía de pala, su sonrisa aun brillaba frente a ella. – He de admitir que te quedan bastante bien pero no demasiado prolijo, ¿verdad? Y no queremos que la gente diga que el Hotel no cuida de la gente valiosa sin la que no podría siquiera existir. – Sus dedos eran largos y duros, como las garras de un águila que con prolija precisión extirpaban la mugre del cabello de la muchacha. Olía a cebollas, su cabello, su piel, su ropa. A cebollas y fuego. Había notado, cuando la muchacha se inclino al saludarlo como el movimiento de su capa había mostrado su cuerpo, sus secretos. Se cargaba de armas, se cargaba de cebollas, pero aun así a Sasha no le habían importado, solo le había importado algo que había terminado de observar cuando la vio de un lado al otro, al estar frente a ella: >> Esta muchacha necesita empezar a comer mejor. << Pensó mientras hacia una mueca de preocupación por la salud de Smirnov.
Observo a la muchacha e, inconscientemente acaricio su cabello. Una imagen involuntaria se metió entre sus ojos, su cabello era distinto, su rostro era distinto, su cuerpo, su voz, sus ropas, su ser, su esencia, el mundo alrededor era distinto. Smirnov se había convertido en alguien a quien había abandonado en la nieve a su suerte muchos años atrás. Parpadeo con fuerza un par de veces para eliminar la imagen que sabía que no estaba allí, suspiro con fuerza para tomar todo el aire que pudo y levanto la mano para señalarle que le esperara un instante. Camino con pasos inseguros y lentos mientras se refregaba los ojos con la mano limpia. Olía a cebollas.
Camino hasta la cocina y alcanzo el basurero, era de metal y brillaba como lo hacían las cosas caras. No le agradaba en lo mas mínimo, era solo una manera exuberante de juntar basura. >>Vale más que el departamento donde viví en los Urales. << Pensó mientras soltaba un soplido y dejaba los restos de cebolla cayendo lentamente hacia el olvido. Se limpio las manos dejando los pequeños restos de cascara de cebollas cayendo por el mundo sin preocuparse demasiado por ello. Sabía que lo que buscaba estaba en una de las estanterías pero no recordaba en cual, así que se vio forzado a hacer lo que hacen los humanos comunes: Abrir todas las estanterías, una tras otra, hasta encontrar lo que buscaba. En la primera encontró platos, vasos y otras cosas que se podían considerar un poco de ambos o como el primo bobo y lejano que toda la familia de platos y vasos evitaban en las fiestas. En el segundo encontró condimentos de los cuales solo pudo reconocer la sal. La tercera tenia lo que buscaba, lo encontró entre un envase que decía café con los dibujos de dos tercermundistas a los que su corrupto tirano los hacía trabajar sin más que ropas de campesinos y gorros de paja y otro embase que decía azúcar en el que había el dibujo de varios terrones de azúcar cayendo en una taza que probablemente tuviera el café que los pobres esclavos colombianos estaban cosechando.
El ruido del paquete sonaba como un bombardeo de piedras sobre las chapas viejas de una casa improvisada en una favela. Ni siquiera un ninja podría haber escapado en silencio con ello. Volvió a la primera estantería y tomo dos tazas, camino hasta la heladera y la abrió en busca de algo para la muchacha. Recordaba sus años de guerrillero de las mafias donde solía ponerse alegre si encontraba al menos medio limón sin pudrirse en una heladera que usaban mas como estantería y a veces cama más que como heladera. No es como si necesitaran una heladera para mantener las cosas frías en los Urales.
Avanzo hacia la mesa de vidrio casi haciendo malabares con las cosas que traía, las dejo con cuidado en la mesa y le ofreció asiento a la muchacha mientras servía leche en las tazas. Sabía que si bebía estaría una semana con el estomago envuelto en llamas y vómitos, sabía que le dolería la mezcla, que era un viaje a la enfermedad mezclar la leche con el ginebra.
Y entonces apuro el vaso de leche, sabiéndolo y aun haciéndolo, como un niño caprichoso. Miro a la muchacha, sonriente y levanto la taza.
- Esta buena, deberías probarla. Te dará huesos fuertes, buen humor y también me hará feliz a mí. – Dejo la taza y abrió el paquete de galletas. Eran las galletas más comunes que jamás había visto: Masa y chispas de chocolates, como las abuelas americanas suelen cocinarlas para llevar en un viaje diabético hacia la obesidad mórbida a sus nietos. – Come, Smirnov. Son ricas, aunque no sean de cebolla. Para la próxima hare que compren algunas que sean más de tu agrado, pero ahora come. – Su sonrisa, su mirada de miel, todo invitaba a un buen momento, a una merienda con la abuela. Aun así, seguía poseyendo un aura que no daba lugar a protestar o negarse. No era una negociación, aun cuando era un hombre cálido con la muchacha, no dejaba espacio para la duda: Estaba dándole una orden. – Comeremos algo mientras esperamos a que los demás lleguen, si te parece correcto, miss Smirnov. – Soltó, con alegre simpatía.


Invitado por el destino y quizás el olor a merienda hogareña llego el gigantesco Ivanov. Por más ropa que se pusiera aquel hombre no necesitaba ni leche ni galletas para estar en forma de toro, aquel hombre no necesitaba de los cuidados de Vladlena y él lo sabía, en todo caso, era el nuevo líder del Hotel Moscú quien necesitaba de la fuerza de aquel hombre.
Se puso de pie dejando a la muchacha sola unos momentos y se acerco con paso, otra vez, decidido hacia él hombre. Se detuvo otra vez a la distancia de un brazo y lo miro como quien intenta interpretar el significado de una obra de arte, tomo entre sus manos la mano del hombre dándole un apretón firme y honesto mientras balanceaba su cabeza primero hacia un lado, observando por completo y luego hacia el otro, otra vez repitiendo la misma operación. Le soltó una sonrisa gigantesca mientras sus ojos dorados mostraban el interés que su alma no se molestaba en ocultar.
- Señor Ivanov, el gusto es mio. He oído muchas cosas de usted, aun cuando no es un miembro antiguo de la organización, por lo que me han dicho, al parecer ha impresionado a las personas correctas, y a las incorrectas tambien. Y veo por que. - Apretó entre sus manos el brazo de Kolya sintiendo los duros músculos del hombre y soltó una exclamación. Aquel brazo era el de un hombre duro y fuerte, Sasha había tenido fuerza toda su vida, pero no le dolía demasiado en el orgullo admitir que no podría derrotarle en un campeonato de vencidas. A lo sumo tendría una chance en una lucha libre de dedos. – Viéndolo con esos brazos me hace preguntarme para que tengo a esos toros parados en la puerta cuando usted podría pasar por encima de ellos como quien derriba un castillo de naipes. ¿eh? No sea humilde, ¿Podría con esos dos hombres sin armas? ¿Cómo lo haría? Son grandes, pesados y están entrenados para matar con las manos, pero creo que usted tiene un aire, un talento especial para producirle daño a la gente, algo que no viene incluido en el paquete inicial del entrenamiento de asesino. – Le ofreció un lugar frente a la mesa, donde quisiera, en los sillones de cuero negro que gritaban “Siéntate sobre mí, soy cómodo” en cada una de sus hebras. Camino hasta la estantería de los vasos y retiro tres más puesto que esperaba a dos personas más de las que ahí estaban. Los sostuvo a los tres con una sola mano, apretándolos todos juntos con los dedos como si fuera la garra de una maquina que atrapa peluches alguna que otra vez. Ahora su mano libre se movió hacia un mueble más alto que Ivanov y de unos dos metros de largo lleno de botellas caras y extrañas, busco entre las botellas hasta que encontró a su amigo Johnnie, el caminante, vestido de azul.
Presiono un vaso contra la hielera del refrigerador y sintió el ruido del hielo golpeando contra el cristal. Cuando sintió que todo lo que necesitaba de aquella cocina estaba en sus manos volvió a la mesa. Dejo un vaso frente a Ivanov y los otros dos vasos en medio de la mesa junto a la botella. Le lanzo una mirada cómplice y le dejo el honor de servir una bebida tan cara y deliciosa como aquella. Sabía que un hombre como aquel no necesitaría más invitación ni compañía para beber. Sasha volvió a su taza de leche y miro a la muchacha, sabiendo que no estaba siendo justo, que quizás aquella muchacha desearía beber whisky con hielo y ser igual que todos. Pero no era igual que todos y Sasha no permitiría que uno de sus hombres se enfermara por vivir a base de cebollas y alcohol. Ivanov estaba sano, ella daba muestras de poder estar mejor. No le pondría más carne entre los huesos y el pellejo con un vaso de leche y unas galletas, pero era un comienzo. Quizás, en unos momentos, entenderían más. Solo cuando estuvieran todos los que allí debían estar.

- Así que, gente del Hotel. ¿Cómo se encuentran hoy? – Tendrían que esperar por las dos mujeres que faltaban y, mientras tanto, quería aprovechar el tiempo. Aquel tirano que no esperaba a nadie.



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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Vie Ago 02, 2013 3:32 am

A lo largo de sus diecisiete años, la habían llamado de muchas formas y en muchos idiomas, no todas eran agradables, ni mucho menos, pero jamás, jamás, la habían llamado "Miss Smirnov", y por primera vez, tras tantos infortunios y caidas, se sintió una dama. Le gustó.
Pero lo que siguío, le asombró todavía más, pues aunque había conocido a mucha gente, solo aquel hombre habia sido capaz de describirla en una sola frase.

-Tú debes ser miss Smirnov, la niña de las cebollas y las cosas que hacen boom.

Pero que bien sonaba eso, uno no necesitaba curriculums con esas declaraciones.
Y tiene el pelo gris.
Viendo que levantaba su mano en un primer momento tembló creyendo que la iba a pegar, pero comprendió que él no era esa clase de hombre y se sintió faltal al creer eso de él. Le estaba quitando las cáscaras de cebolla. Ups, debía cuidar su higiene mejor.
El hombre tiró los restos lo que le dio la oportunidad de observarle mejor.
Huele a Rusia y a dolor, tiene aire de liderazgo y va elegante. Es mi jefe. Es... mejor de lo que imaginaba. Ésto va a ser increible y divertido. Por fin el hogar está completo, por fin las estrellas del este no lloran ni sangran. Por fin... ¿Eso es leche?
Observó a su supuesto nuevo lider probar la leche, no era veneno. Otra vez... ¿A que venía esa desconfianza? Vale que el último adulto que la había tratado bien habia intentado matarla, pero no era para guardar rencor al pobre peligris. Peligris...
- Esta buena, deberías probarla. Te dará huesos fuertes, buen humor y también me hará feliz a mí.-no hizo falta que lo repitiera dos veces, se tomó la taza de un trago como si fuera un sustituto del alcohol y se sirvió otra vaso de calcio mientras observaba al hombre sin nombre ofrecer una especie de masa circular. ¿Que era eso? Las cogió rozando el dedo de su jefe, frío, como debía ser. La olió, ¿era comida? El aroma era agradable.-Come, Smirnov. Son ricas, aunque no sean de cebolla. Para la próxima hare que compren algunas que sean más de tu agrado, pero ahora come.- si, era comida. Dio un pequeño mordisco. Puntos negros alrededor de la masa dulces le inundaron la boca acompañados por esa extraña masa seca. La leche lo hacía inmejorable. Era extraordinario, su nuevo jefe habia dado con una combinación perfecta y original de comida.-Comeremos algo mientras esperamos a que los demás lleguen, si te parece correcto, miss Smirnov. – Soltó, con alegre simpatía. Iba a replicar que no era necesario tomarse tantas molestias con alguien como ella cuando le rugieron las tripas. Con cara asombrada musitó un sincero agradecimiento y empezó a ponerse las botas. Tampoco nadie se había preocupado de su alimentación, ni siquiera su padre... Si, sin duda, no solo la mafia era su hogar, ese hombre, también "era" hogar.

Más tarde llegó Kolya, hizo amago de saludarle pero necesitaba terminar de comer, a lo mejor lo interpretaban como que había acabado y no deseaba que se las quitaran.
Eso si, escuchó atenta la conversación y con cierta resistencia ofreció lo que comía al recien llegado por educacion, era lo que ponia su "libro de los amigos", el egoismo los alejaba.
Observó sacar la cara botella de alcohol, pero se resistió, la combinacion que degustaba superaba en ese momento su pequeña adicción.
- Así que, gente del Hotel. ¿Cómo se encuentran hoy?-preguntó el hombre asombroso.
Ahora más tranquila hizo un gesto a Kolya por si sabía como se llamaba lo que estaba comiendo y dando a entender que podía responder por ella.


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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Vie Ago 02, 2013 9:53 am

Tras recibir el apretón de manos de su jefe, Ivanov observó la conducta de este.
Por su modo de actuar dedujo que parecía una persona honesta y directa, sin problema alguno en decir las cosas a la cara, fuesen buenas o malas para él.
Parecía interesarse en su robusta constitución, pues inspeccionaba cada uno de sus costados con un interés inusitado.
Después de unos minutos, el hombre le dirigió una amplia sonrisa, en la que pudo distinguir el sutil y hábil trabajo de algún artista dental.
Señor Ivanov, el gusto es mío. He oído muchas cosas de usted, aún cuando no es un miembro antiguo de la organización, por lo que me han dicho. Al parecer ha impresionado a las personas correctas, y a las incorrectas también. Y veo por qué.
Nikolay se encogió en una muestra de modestia. En respuesta, su jefe evaluó su musculatura palpando su brazo. Parecía impresionado por ella.
Me cae bien; este hombre es de mi camada...
Viéndolo con esos brazos me hace preguntarme para qué tengo a esos toros parados en la puerta cuando usted podría pasar por encima de ellos como quien derriba un castillo de naipes, ¿eh?

Kolya meneó ligeramente la cabeza, con cierta timidez. No le gustaba mucho alardear de su fuerza, ya que era consciente de no ser ni de lejos el hombre más fuerte del mundo, aunque sí quizás de la ciudad.
No sea humilde; ¿podría con esos dos hombres sin armas? ¿Cómo lo haría? Son grandes, pesados y están entrenados para matar con las manos, pero creo que usted tiene un aire, un talento especial para producirle daño a la gente, algo que no viene incluido en el paquete inicial del entrenamiento de asesino.
Ivanov se sentía cada vez más halagado, y aceptó el cumplido con una pequeña sonrisa lateral.
Sí, definitivamente parece que crecimos en un ambiente similar...
Ah, Madre Rusia, parece que crías buenos retoños...

Gracias, señor, me halaga que me tenga en tal estima.
Prometo no fallarle.


Acabada la pequeña charla, el jefe le ofreció asiento, y se dirigió a coger unos vasos similares al que estaba usando su compañera. Nikolay se sentó cerca de ella, y miró qué estaba comiendo esta. Leche con galletas.
Nada mal; un digno alimento para una jovencita. Ojalá hubiese podido disfrutarlas a su edad.
Volvió rápidamente a la realidad; Aigo estaba ofreciéndole parte de los alimentos.
No, muchas gracias. Cómelas tú si quieres; yo no tengo ganas - contestó él con una cándida sonrisa.
A pesar de que los párpados le pesaban horrores, hizo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse atento y despierto, dada la importantísima situación.
Algo le decía que se iban a tratar temas importantes de verdad en aquella reunión.
Dirigió nuevamente la mirada a su jefe. Este había cogido una botella de algún tipo de bebida alcohólica que ahora mismo no acababa de reconocer, pero por el logotipo y el estado del recipiente, supuso que no era cualquier bagatela de supermercado.
El hombre depositó la selecta bebida en la mesa , y le hizo un gesto para que fuese él el encargado de tal honor.
Oh, muchas gracias, señor.
Con cuidado, abrió la botella y sirvió a su anfitrión hasta que este hizo gesto de tener suficiente, y posteriormente se sirvió a sí mismo. Se giró hacia su compañera, dado que la había visto ingerir bastante alcohol para su edad en el truco de la reunión de aquella tarde, pero ella prosiguió con su aperitivo.
Mejor así; no es bueno que se dé a la bebida desde tan joven.
Aún está a tiempo de reformarse.

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Mar Ago 06, 2013 2:12 am




El silencio se arrastro dolorosamente por unos largos segundos donde solo se oía el ruido de los dientes de la muchacha comprimiendo la comida que tenía en la boca. Era ruso, sabía lidiar con los silencios y, a decir verdad, los extrañaba a veces. Aquella ciudad estaba inundada de sonidos, de molestias insoportables que le hacían doler la cabeza. Los autos, las risas, los gritos. Las bocinas de los autos lo irritaban de sobremanera, al igual que el extenso marchar junto a un excedente de personas. Estaba demasiado acostumbrado al suave ruido del viento danzando entre ramas viejas de los arboles, al aullar de los lobos en la noche y el ruido de los grillos apareándose cuando el frio no hacía que se congelaran hasta la muerte. Le gustaba aquellos ruidos que apenas se sentían, que acompañaban y producían placer de solo oírlos. Sin embargo, allí, no había ni grillos ni arboles. Ni siquiera el invierno se sentía invierno en verdad lejos de la tierra donde creció. En aquella ciudad no podía sentir la nieve ni la tierra bajo sus pies, ni el olor a pino arrastrado por el viento invernal. Allí solo había aroma a codicia y engaños, allí los lobos se comían a los lobos mientras los corderos lo veían por televisión. A veces deseaba ver arder aquella ciudad.

- Mmmm - Murmuro una vez que sintió el ruido de la boca de Smirnov amainar la misión de prensión y destrucción de galletas. Le apoyo una mano en la cabeza, como quien felicita a una niña buena y con una sonrisa y los ojos dorados brillando se quedo unos instantes contemplando a una muchacha de su edad que no era ella, con la mente perdida quien sabe dónde, si es que aun vivía. Una chica con cabellos grises iguales a los suyos.
- Se ve que esto le gusta, señorita Smirnov. Prometo tener más y de más variedad la próxima vez que decida visitarme. Quizás hasta podría conseguir algo un poco más elaborado que unas galletas. - Le sacudió el cabello un poco a Smirnov y siguió hablando. - Quizás, si se atreve, hasta podría comer alguna cosa que cocino. Lo que sea que me ponga a cocinar, me asegurare de ponerle cebollas para que sea más de su agrado, señorita. - Soltó una pequeña sonrisa, cálida y sincera. Era obvio que, aun cuando era completamente agradable con aquellas dos personas que tenía en frente, aquel hombre no estaba acostumbrado a reír de verdad.
- Usted también está invitado, claro está, señor Ivanov. - Dijo mientras clavaba esos ojos de oro sobre los del gigantón. - No queremos que pierda fuerza por no comer bien y, ya sabe, nada como una buena comida hogareña entre amigos de vez en cuando para alimentar el alma también. - Su sonrisa duro un instante mas sin interrupción, entonces una mueca de dolor cruzo como un rayo por su rostro marcado por las cicatrices. Un breve relampaguear que dejaba ver cuánto le dolía pronunciar la palabra "amigos", como si alguien lo hubiera perforado en el pecho sin aviso con una daga de hielo. Pero pronto fue perdida en el tiempo, devorada por una sonrisa demasiado cálida como para cuestionar el frio del dolor.

Dejo las sonrisas de lado, dejo la alegría, los cumplidos y el trato amable. Espero que Ivanov terminara de beber hablando de cosas comunes, como el clima, las cosas que había visto durante su breve estadía, autos, noticias de la ciudad y demás cosas sin importancia. Vladlena era un hombre que sabía un poco de todo, acostumbrado a enterarse de que sucedía en el mundo a través de otras personas, puesto que rara vez veía televisión o leía un periódico, su fuente de noticias era casi siempre algún conocido en el Café o algún camionero del camino con el que se sentaba a charlar para intercambiar datos sobre la zona y el mundo, siempre averiguando mucho del otro pero dejando al otro sin saber nada de él mismo. Aun así, en esa ciudad sucedían muchas cosas y al mismo tiempo no sucedía nada que de verdad le despertara el interés a Sasha, por lo que, poco a poco, fue moviendo la conversación hacia un tema que le interesaba y del que estaba al tanto, como correspondía a su rango de líder.

- Hay algo que me gustaría preguntarles y que, bueno, deseaba hacerlo cuando estuviéramos todos. Pero al parecer será algo que solo se resumirá a tres personas hablando para conocerse. - Se rasco el mentón buscando la mejor forma de llegar al tema que le importaba sin ser demasiado directo. Su barba había comenzado a crecer como la nieve crecía en las calles de New Haven. Tendría que afeitarse o en una semana seria una triste versión vagabunda de Santa. - He oído rumores sobre una reunión entre el Hotel Moscú y una corporación. Me gustaría que me pusieran al tanto de lo que han discutido y si se ha llegado a un acuerdo de algún tipo. - Se inclino hacia adelante apoyando los codos sobre las rodillas y dejando caer sus manos entre las mismas. Le lanzo una mirada a Aigo y luego se quedo fijo observando a Nikolay.
- En especial me gustaría saber que opinan de los miembros de aquella corporación y... De aquellas dos personas que no están presentes aquí. Y espero total honestidad. - El rostro de Sasha ya no sonreía y el dorado de sus ojos se había vuelto frio y duro, como una espada de oro que cortaba el aire que había entre ellos. Aquel cambio había sido brusco y violento, demasiado rápido para que alguno de los presentes pudiera prepararse. Era un disparo desde las sombras que nadie podía esperar, aunque era solo eso, una impresión rápida y nueva que pronto sería fácil de asimilar. Su voz se había vuelto dura y fría como el invierno ruso y su aspecto no dejaba translucir ningún tipo de emoción o pensamiento. Su entrecejo estaba fruncido y, si no fuera por los mechones de cabello gris que caían sobre sus ojos y atenuaban aquella mirada, cualquiera podría sentirse perforado por esos ojos, ojos que dirigía a Ivanov, puesto que confiaba en que un hombre como él pudiera asimilar mejor aquel aspecto que la muchacha, sin conocerlo, ponía en aquel hombre una especie de confianza entre camaradas, una confianza que también generaba una distancia respetuosa entre hombres mientras que con la muchacha intentaba ser un poco mas cálido, la veía débil y frágil por el momento y, mientras fuera así, la cuidaría hasta que ella, al igual que todos los miembros de la mafia rusa pudieran no solo hacerle frente sino, incluso, superarlo.
La imagen de simpatía se había esfumado, frente a ellos estaba un hombre que los estaba examinando, midiendo y que daba la impresión que, dijeran lo que dijeran, jamás le darían una respuesta que lo satisfaciera.




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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Mar Ago 06, 2013 4:27 am

Permanecieron un rato charlando sobre temas tan cotidianos como triviales, entre los que surgió una amistosa hipotética invitación a comer algún día con el jefe.
Al parecer, este estaba especialmente interesado en Aigo, a la que a Nikolay le pareció por unos momentos que trataba como a su propia hija.
Perdido en sus propios pensamientos unos segundos, volvió rápidamente a la realidad mediante una voz.
Usted también está invitado, claro está, señor Ivanov.
No queremos que pierda fuerza por no comer bien y, ya sabe, nada como una buena comida hogareña entre amigos de vez en cuando para alimentar el alma también.

A veces me pregunto cuándo está bromeando y cuándo no...
Supongo que tendré que mejorarlo; el humor no es precisamente mi punto fuerte.

Bajando la cabeza ligeramente por cortesía, procedió a contestar a su interlocutor.
Gracias de todo corazón, señor; le agradezco mucho la invitación a pesar de que solo sea un humilde subordinado.
Prosiguieron informándose entre ellos sobre la ciudad y los últimos acontecimientos durante unos minutos más, hasta que pareció que no había más de lo que hablar.

El jefe parecía ligeramente incómodo, como si esperase a alguien que no daba llegado.
Súbitamente, hizo un cambio brusco en sus facciones y modificó su tono de voz.
Hay algo que me gustaría preguntarles y que, bueno, deseaba hacerlo cuando estuviéramos todos. Pero al parecer será algo que solo se resumirá a tres personas hablando para conocerse.
He oído rumores sobre una reunión entre el Hotel Moscú y una corporación. Me gustaría que me pusieran al tanto de lo que han discutido y si se ha llegado a un acuerdo de algún tipo.

Le dirigió una fría mirada a Kolya que asesinó el cordial ambiente que reinaba en la sala hasta aquel momento. Este continuó observando a su líder con una mirada impertérrita y analítica. No sería ningún genio, pero sabía reconocer perfectamente cuándo las cosas se ponían serias; su propia experiencia le había enseñado bien.
En especial me gustaría saber qué opinan de los miembros de aquella corporación y... de aquellas dos personas que no están presentes aquí. Y espero total honestidad.
Ese último punto no se lo esperaba. Que tendría que informar de los aliados era algo lógico, pero tener que dar su opinión sobre el resto de miembros de la familia era muy diferente. Un paso en falso y podría tener serios problemas.

Tengo que medir bien mis palabras, no la vaya a cagar bien...
Tragó saliva para asegurarse de no ir a quedarse a mitad de frase, carraspeó un poco, y enunció su opinión de forma ordenada, tal como le fue mandado.
Empezaré por el primer punto propuesto: la reunión de Hotel Moscú y Cerberus Corporation. Según tengo entendido, nos fue ordenado asistir al Club Lotus hoy por la tarde con el objetivo de sentar las bases de una alianza entre ambas facciones. Si bien no fue un fracaso absoluto, reconozco que pudo haber sido llevada a cabo de una manera mucho más concreta y segura. Ambos bandos intentamos ver la postura de unos respecto a los otros, pero también fuimos lo suficientemente inexpertos como para dejar en el aire un cierto ambiente de desconfianza entre nosotros.

Me disculpo sinceramente, dado que creo que por nuestra culpa, y puede que quizás más en concreto por la mía, haya una cierta tensión innecesaria en una alianza tan beneficiosa.
Sin embargo, como indicó una de mis compañeras en la misma reunión, nosotros solo somos subordinados, y el modo de llevar a cabo dicha unión no nos fue especificado, así como tampoco lo fueron las condiciones.
En resumen, diría que ha sido un acercamiento entre bandos, pero haría falta que ambos líderes hablasen entre ellos para arreglar el pequeño desastre acontecido.
Reitero una vez más en pedir disculpas por mi ineptitud para el desempeño de dicha tarea.

Respecto a los miembros de Cerberus Corporation, cabría destacar dos a los que considero realmente importantes dentro de esta.
Uno se trata de una niña de pelo azul, de actitud bastante pueril como cabía esperar.
A pesar de su temprana edad, parece tener ya cierto respeto de sus compañeros, aún incomprensible desde mi punto de vista.
Quizás posea algún tipo de don especial u oculte algo relevante para nosotros, pero supongo que eso se decidirá con el tiempo.
El otro miembro tenía el pelo rojo y las pupilas dilatadas. Por su aspecto diría que era el mayor de los allí presentes de Cerberus Corporation, y su indumentaria recordaba en cierto modo a la de un arlequín psicópata.
No intervino mucho en la conversación, pero lo que dijo fue afirmado con un ligero deje sarcástico, como si estuviese riéndose de nosotros.
Sinceramente, es el que más mala espina me da, y considero que no es un hombre de confianza; su mirada no correspondía a sus palabras. Es de esas ratas que te apuñalarían por la espalda a las primeras de cambio; tenga cuidado con él.

Finalmente, concluiré con el análisis de nuestras dos compañeras ausentes, de las cuales por desgracia aún no conozco el nombre.
La primera de ellas, una joven estilizada de pelo blanco, me pareció correcta y educada en su trato con los demás, así como preparada para tomar cartas en el asunto en caso de que la reunión no acabase bien.
A pesar de que no tengo casi datos sobre ella para afirmar esto, podría decir que es una aliada en la que confiar pase lo que pase.
Sin embargo, mi impresión de mi otra compañera no fue tan positiva.
La mujer, de pelo largo y negro, llegó tarde y bruscamente a la reunión
Al poco de entrar, ya mostraba una actitud de cierta condescendencia y desprecio por los allí reunidos, como si se trataran de seres inferiores. Fue fría y tajante, y ligeramente burda a la hora de abordar el tema.
Quiero creer que se trataba solo de un mal día, porque como compañero suyo no sentí la más mínima afinidad en aquel momento.

Acabado su informe, se volvió a acomodar con cuidado en el asiento, y tragó saliva nuevamente, algo seco por el discurso.
Que sea lo que Dios quiera, Ivanov.

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Mar Ago 06, 2013 9:40 am

 

"Galleta", que bien sonaba esa palabra. El jefe la  observaba, pero fue consciente de que en realidad no la estaba mirando a ella. No importaba, eso no cambiaba las cosas, la amabilidad era pagada con sinceridad, siempre.



- Se ve que esto le gusta, señorita Smirnov. Prometo tener más y de más variedad la próxima vez que decida visitarme. Quizás hasta podría conseguir algo un poco más elaborado que unas galletas. Quizás, si se atreve, hasta podría comer alguna cosa que cocino. Lo que sea que me ponga a cocinar, me asegurare de ponerle cebollas para que sea más de su agrado, señorita.

¿Invitada a comidas? Asintió entusiasmada.
-Será un honor, no se que decir salvo... gracias, muchas gracias. No hay palabras que lo puedan describir.
Oyó a Kolya responder que tambien aceptaba y eso la alegró. Según su libro de relaciones, los lazos de amistad se fortalecían en las reuniones y comidas. 
Agitó la cabeza, no era momento de pensar en fiestas.


Todo cambió a partir de ese minuto. 


El aire se volvió denso, y una serie de preguntas por parte de su jefe se sucedieron, su cambio de temperamento la ilusionó todavía más. 
Me recuerda a mi psiquiatra.
Esperó a que su compañero terminara, daría su versión según se le pasaba por la mente, sin ocultar nada consciente, o inconscientemente.
-Estoy de acuerdo con Kolya, creo que solo fue un acercamiento, saber que están ahí. Es obvio que tiene integrantes interesantes, como la peliazul mencionada por Kolya, se veían sus buenas intenciones, pero... ese pelirrojo... Estaba podrido por dentro- recapacitando sus palabras retrocedió- todos parecían bien dispuestos, pero no dejo de pensar en que nos quieren utilizar, no tiene sentido que se fijen en nosotros pudiendo aliarse con alguna de las mafias mas ...- un chispazo- Oh... no les interesa... entiendo... Pudiera ser... No... Sigo sin fiarme de ellos. No me gusta el rumbo que toma ésto, me da mala espina. No nos dijeron el por qué de su alianza, escondían demasiado y parecieron querer demostrar su variedad con ese grupo, como si disponieran de un poco de todo. Si intentaban fardar, creo que se desilusionaron, somos mas variopintos- se giró hacia el grandullón.-en el buen sentido, Kolya, no era una ofensa. Sakuya es hielo cálido, te mira a los ojos y sabe sonreir con sinceridad. A Carmine le pareció molestar la reunión en si, y creo que le caigo mal. Me gustaría pasar tiempo con ella para formar una opinión, pero en sí, creo que no hay mejores personas que ellas para confiar. Incluido al de al lado, aunque eso ya lo puede ver usted. 

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Dom Ago 25, 2013 5:41 pm



- Ya veo - Dijo, pensativo, mientras su mirada se hundía en su vaso moribundo sobre la mesa. Dejo que el silencio tomara lugar unos instantes antes de volver a abrir su boca, buscando cuales eran las palabras precisas que deseaba pronunciar.
- Rojo, mal. Azul, bien. Así hasta alguien como yo puede recordarlo. Estaré a salvo siempre que no decidan teñirse el cabello, al menos. - Su sonrisa era cálida, capaz de derretir la nieve. Su mirada destilaba cierta alegría y despreocupación.
- Ya veremos si requerimos a Cerberus o no, de todas formas. Creo que con la gente que aquí tenemos basta, aunque tendríamos que empezar a buscar la forma de trabajar juntos de una forma más organizada. No quisiéramos enfrentarnos entre nosotros ¿verdad? - Soltó una ligera carcajada mientras le lanzaba una mirada a la muchacha de la máscara. Ellos eran su grupo, su familia. Era la gente con la que tendría que trabajar a partir de entonces y no tenía mucho que elegir, pero se sentía conforme, no era mal material, solo necesitaban estar un poco mas unidos. Necesitaban aprender a ser familia.

- Creo que me alegrara tenerlos a ustedes aquí conmigo. No elegiría ningún otro grupo con el que trabajar, aun cuando solo la mitad se ha presentado. - Sintió una vibración en sus pantalones y observo que el mensaje que había estado esperando brillaba en el blanco de su pantalla. Si no se marchaba pronto, se perdería una oportunidad valiosa.
- Ivanov, Smirnov. He de retirarme con su permiso. - Soltó al aire mientras se apoyaba sobre sus rodillas con las manos y se ponía de pie. Era largo, delgado y duro, aun así, no podría competir contra alguien como Ivanov. Al verlo se preguntaba si se atrevería a enfrentarlo sin dispararle un par de veces antes.
- Aun así, me agrado presentarme con ustedes. Me alegra tener nuevos vecinos en mi hotel. - Soltó mientras se quitaba las migajas de galletas que quedaban sobre su pantalón, caían hacia el suelo como una avalancha de rocas en una montaña de tela negra. Sabía que no entenderían a la primera, así que decidió aclararlo todo.
- Se que algunos tienen sus propios lugares donde vivir, y quizás estén mas cómodos con el toque hogareño que han logrado tener en sus propios hogares. Si así lo desean, son libres de volver a aquellos lugares, pero sino, también son libres de aceptar mi regalo. - De un bolsillo de su pantalón tomo cuatro llaves idénticas a primera vista, pero resulto obvio que no lo eran cuando se uso a buscar las que pertenecían a cada uno de sus invitados, aun cuando solo tenía a dos.
- Esta es tuya y esta es tuya. - Dijo mientras separaba dos llaves, una con una pequeña tela azul y otra con una pequeña tela roja como llavero, además de un grabado con el número de habitación.
- Como sabrán, la mayoría de nuestras habitaciones se manejan con tarjeta y no con llaves, aun así, prefiero el toque más ancestral para nuestras habitaciones. Si desean quedarse, tendrán habitaciones en el piso que se encuentra debajo de este. No son del tamaño de una casa, pero para quien no posee una es un excelente lugar para vivir. No me gustaría tener que rastrillar toda la ciudad para buscar a mi gente de confianza cuando necesito hacer una reunión. Además, tiempos oscuros aguardan al Hotel. - Soltó al aire mientras caminaba hacia la puerta. - Tiempos de rojo oscuro, quizás. - Su voz nacía de una tumba en mitad de una tierra demasiado lejos de allí. Ya no hablaba con ellos y una sombra acechaba sobre su humor. Pero pronto su humor volvió al mismo, al cordial, al amable. Les lanzo una sonrisa y, antes de cerrar la puerta detrás de él, dejándolos con sus palabras en la boca, volvió a hablarles.
- Son libres de quedarse aquí o de ir a sus nuevas habitaciones si así lo desean. Si tienen algo de valor que deseen traer, son libres de informárselo a los guardias y lo traerán muy pronto. Yo... Volveré pronto... - >> O no. << Pensó mientras las puertas del ascensor lo devoraban.




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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Lun Ago 26, 2013 3:12 am

Abrumado por la amabilidad de su jefe, Nikolay se dispuso a hacer uso de aquella habitación que le había sido ofrecida, no sin antes agradecer profundamente el obsequio.
Muchas gracias, señor, es todo un detalle por su parte.
Si no le importa, procederé a preparar mi traslado inmediatamente, discúlpeme.

Por fin podría salir de aquel agujero canijo al que llamaba hogar. Si bien no había sido un lugar grande, ni ostentoso, ni bien ubicado en la ciudad, sí le había proporcionado un cierto nivel de intimidad y tranquilidad que se hacía querer. Le fastidiaba reconocerlo, pero iba a echar de menos aquel pequeño agujero.
Agotado, entró en la habitación que le correspondía, cerró nada más entrar, y se tumbó en la cama. Mañana sería otro día, y ya podría dejar todo listo para establecerse ahí.
Antes de abandonarse a los brazos de Morfeo, abrió los ojos una última vez para examinar superficialmente el lugar.
La habitación del hotel superaba por mucho sus expectativas, y le agradaba de sobremanera la idea de poder acomodarse a ella.

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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

Mensaje por Invitado el Lun Ago 26, 2013 3:32 am


¿Se acabó dormir en la calle? Excelente, empezaba a hartarme de llevar todas mis posesiones encima, y la espalda me cruje demaisado cuando descanso en los bancos...
Aigo cogió algo ansiosa la llave y mientras Kolya se marchaba y el líder desaparecía, examinó una ultima vez la habitación digna de embajador. 
Ahora sola se planteó que cualidades debia reunir un jefe para poder ser considerado como tal. No las sabía pero sin duda Sasha las reunía. Observó la ventana. Ya no hacía falta salir por ella. Podía coger con normalidad el ascensor. Normalidad, que hermosa palabra.
Bajando una planta y ya delante de la puerta, abrió su definitivo nuevo hogar.
-О, мой бог ... Я не могу поверить.
(Oh Dios mío... No me lo puedo creer.)


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Re: De Rusia, Con Amor. [Solo miembros de Hotel Moscu]

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